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jueves, 22 de enero de 2026

San Sebastián: El Mártir Navegante que Unió dos Tierras

San Sebastián: El Mártir Navegante que Unió dos Tierras Por: Dr. Ali Jose Guerra Moya La historia de los pueblos no se escribe únicamente en los registros civiles o en las notarías; se escribe, fundamentalmente, en el mapa de los sentimientos y en la geografía de la fe. El 22 de enero de 2016 no fue una fecha más en el calendario del estado Anzoátegui; fue el día en que el tiempo se detuvo para permitir que la trascendencia se hiciera presente a través de la imagen de San Sebastián. Aquel día, el mártir de las flechas, el protector del Valle de Tacarigua en la Isla de Margarita, decidió emprender una travesía que desafió un siglo de quietud litúrgica. Por primera vez en cien años, tras haber cruzado el océano desde España en tiempos remotos, la sagrada imagen se hacía navegante sobre las aguas del Mar Caribe, no para alejarse de su pueblo, sino para ir al encuentro de sus hijos que, por décadas, habían hecho de la Tierra Firme su hogar. El proyecto, nacido de una fe inquebrantable y una voluntad organizativa de acero, vio sus primeros frutos en el Puerto de la Cruz. Allí, entre el salitre y el júbilo, la llegada de San Sebastián marcó un hito histórico. La misa de bienvenida no fue solo un acto religioso; fue el reconocimiento de una identidad compartida. Ver al Santo pisar tierra firme fue el primer milagro de una jornada que apenas comenzaba. Desde la costa, la caravana de la fe inició su ascenso hacia el corazón del estado, llevando consigo una estela de esperanza que pronto alcanzaría la ciudad de Anaco. En esta parada breve pero intensa, el aire se llenó de nostalgia. Los margariteños residentes en Anaco, aquellos que llevaban el Valle de San Sebastián tatuado en la memoria, se agolparon para rendir tributo. Fue un encuentro de rostros surcados por los años y lágrimas de incredulidad: el Santo que dejaron en su juventud venía ahora a bendecir su madurez. Sin embargo, el destino final de este periplo era la zona sur del estado, el epicentro de la migración insular: El Tigre y San José de Guanipa. Es en estas tierras de mesa, productoras de petróleo, maíz y las más dulces patillas, donde el alma margariteña ha echado raíces profundas. La llegada a El Tigre fue apoteósica. Se calcula que la mayor concentración de descendientes del pueblo de San Sebastián reside en esta zona, hombres y mujeres que, con más de setenta años de residencia fuera de la isla, mantenían su devoción intacta. La Gracia de Dios se manifestó en aquellos "viejos robles", personalidades oriundas del pueblo que, por su avanzada edad o incapacidades físicas, habían perdido la esperanza de volver a ver a su patrono. San Sebastián, en un acto de amor infinito, acudió a su encuentro. Para muchos de ellos, esta visita representó el último gran consuelo de sus vidas; hoy ya no están físicamente entre nosotros, pero aquel 22 de enero se llevaron consigo la imagen grabada de su santo recorriendo las calles que ellos mismos ayudaron a fundar. La algarabía fue tan profunda que ese día se convirtió en el germen de una tradición que ya cumple diez años. La Junta Organizadora ha logrado, con éxito sostenido, mantener viva la llama de estas festividades en la zona sur. Durante su estancia, San Sebastián no estuvo estático; fue un visitante activo que recorrió las iglesias de San Antonio de Padua y la Virgen del Coromoto, y se detuvo en centros de encuentro cultural como la Casa Nueva Esparta. El paisaje sonoro de El Tigre cambió drásticamente: el estallido de los cañones de los cohetes se mezcló con las retretas de instrumentos de viento y las melodías margariteñas que identifican al pueblo de San Sebastián. La presencia de obispos, párrocos y personalidades de toda la región le dio a la visita una investidura de acontecimiento de Estado, pero fue la fe del pueblo llano, el compartir de la sopa, el reencuentro de familias y amigos, lo que verdaderamente santificó el momento. Incluso el impacto sociológico de esta visita se materializó en la creación de una parroquia que hoy lleva su nombre, un recordatorio permanente de aquel milagro de 2016. Fue un proyecto de unión donde cada ciudadano puso su grano de arena, entendiendo que se estaba haciendo historia. Pero como todo momento cumbre, llegó la hora de la partida. El 24 de enero, entre el estruendo de los cohetes y el silencio de las lágrimas, San Sebastián inició su retorno. El pueblo del Tigre lo despidió con la satisfacción del deber cumplido, acompañándolo de regreso a Puerto La Cruz. Al llegar de nuevo a la isla, el recibimiento en Punta de Piedras fue una extensión del fervor vivido en el continente. A pesar de ser casi las diez de la noche, una multitud lo escoltó hasta Tacarigua en una caravana que se prolongó hasta la madrugada, anunciando a viva voz: "Aquí está nuestro Santo de regreso; fue a cumplir la misión de llevar fe a nuestros hermanos de Tierra Firme". Hoy, al recordar estos diez años, los recuerdos se siembran con mayor fuerza en nuestra mente y corazón. Aquella primera salida de San Sebastián no fue solo un evento logístico, fue un milagro de identidad cultural y espiritual. Gracias a las instituciones, empresas y personas que con entusiasmo le dieron vida a esta fecha histórica. San Sebastián regresó a su altar en la isla, pero dejó su esencia sembrada en cada rincón del El Tigre, en cada músico que sopló su instrumento y en cada anciano que pudo sonreír por última vez ante su presencia. Gloria al Santo Varón, gloria al pueblo que mantiene sus raíces intactas, y gloria a la fe que, como el mar, siempre encuentra la manera de unir lo que el tiempo intenta separar.